Como casi toda familia gallega siempre hemos estado vinculados al campo por padres o abuelos, y de niños no había fin de semana en el que no hubiera que ayudar -realmente jugar- a vendimiar o desgranar el maíz, tan típico de Galicia.

Como los tiempos cambian, el actual galleg@ de ciudad es raro que carezca de aldea y vive con esa morriña que nos caracteriza, así que en sus visitas se lleva huevos, patatas y pan de casa (o todo lo permitido en el control del aeropuerto).

Cierto día nuestra abuela se enfadó muchísimo (¡carallo! dijo ella), por culpa de la calidad del pan que se vende actualmente. Empezó a contarnos lo diferente que era a las espigas modernas. Anhelaba el sabor y el olor de los panes de su juventud, hechos con fermento, en horno de leña, de corteza crujiente y miga sin igual.


La fama del pan gallego sigue latente, pero muy mermada por el desuso de este tipo de cereales autóctonos (situación propiciada por las preferencias del sector por harinas de trigos más rentables y más baratos). Como consecuencia en las últimas décadas el cultivo de trigo se redujo en Galicia un 50%, y el acceso a harinas autóctonas de calidad resulta cada vez más remoto.

Así que el orgullo de nuestras raíces, las ganas de escapar de las vidas urbanitas, la rabia por el abandono de las tierras y las dificultades de trabajar en el rural, junto con la inquietud innata de los hermanos Benade Durán, son el germen de Trigo y Limpio. Con una nueva conciencia ambiental, social y comercial, soñamos con aunar tradición e innovación.

El amor por el buen pan fue la excusa perfecta para volver a cosechar los campos familiares, sin trabajar desde hacía 20 años. Trabajamos enamorados de la idea de darle una segunda oportunidad a un pueblo con historia, que tiene cosas muy ricas y muy sanas que ofrecer y sobre todo a un rural gallego que recibe ansioso iniciativas que lo dinamicen.

Harina de trigo y de emociones.

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